ELESTADOMENTAL2014junio

The Gentleman’s Magazine, editada en Inglaterra en el siglo XVIII, utilizó por primera vez ese término –”magazine”– para referirse a una publicación impresa. Sus contenidos eran un cacao de temas una suma de variedades unidas tan sólo por su (aparente) interés para el público.

Por poner un ejemplo: el número de mayo de 1759 incluía (entre otros) la “auténtica narrativa del caso de una dama que fue violentamente forzada de sus apartamentos por unos rufianes que tenían la intención de transportarla o asesinarla”. También, el “recuento de los monumentos encontrados en Herculano”, el “origen de la costumbre de incinerar a los muertos”, y el discurso de los diputados daneses “en la presentación de sus credenciales al rey”, así como “la influencia de la prudencia en la vida”, la “dramática historia del Huérfano de China”, un mapa de la guerra en Franconia (?) y “la queja de Harriot Airy en contra de los hombres”. Ahí es na.

Y todo este rollo histórico tiene un pico en la actualidad, no crean.

Cuando me pongo delante de algunas de las revistas alternativas que han surgido en los últimos tiempos, tan culturetas y tan con mucha letra, me siento un poco como ante una revista del siglo XVIII: como si no tuviera las claves necesarias para interpretarlas. Desorientado por el tono un poco encerrado en sí mismo, tan literario que se vuelve críptico, me invade la sensación de que no “buscan” al lector. Se plantan desafiantes, esperando que tú te atrevas con ellas y las descifres, y viene a ser necesario un manual de instrucciones adjunto para entender quién está detrás de la revista, qué pretende, de qué va.

Entiéndanme: soy muy partidario de que las revistas se expliquen con facilidad al lector.

Habría que ver, así, qué extremo del túnel de vacío editorial llenan: el de un público supuestamente ávido de leer o el opuesto, de unos periodistas/intelectuales necesitados de escribir.

Hojeo El Estado Mental, una recién llegada, o Jot Down, una (casi) veterana, y no tengo claro por dónde empezar: acumulan en sus páginas  temas sin solución de continuidad, sin secciones definidas. Su estructura resulta ser algo líquida, y echo a faltar su columna vertebral, un ritmo. Soy muy de la teoría de que cada revista es una historia; busco una presentación, un nudo, un desenlace…

No pongo en discusión la calidad de los textos. El segundo número de El Estado Mental tiene, por poner sólo dos ejemplos, un impagable intercambio de correspondencia entre Bill Keller (ex director de The New York Times) y Glenn Greenwald (periodista que destapó el Caso Snowden) sobre el periodismo militante y el periodismo del poder. También un recomendable reportaje de Juan Soto Ivars sobre el pueblo de Yecla… Sólo esos dos asuntos ya justifican la compra, ahí lo dejo.

Pero (siempre los “peros”), y como en The Gentleman’s Magazine, la mayor parte de los contenidos carece por completo de “percha”, de vínculo con el aquí y el ahora. Puede publicarse hoy, o dentro de un año.

El caso es que también los puedes leer hoy o dentro de un año.

¿Y qué necesidad tengo yo de leer ahora algo que puedo leer dentro de un año?

En fin: me gusta pensar que entre todas estas nuevas revistas encontraremos algo así como el The New Yorker hispano: literatura, profundidad, humor y una guía para comprender el mundo que nos rodea. Las partes profunda y literaria las tienen. El humor, a veces. Pero para comprender el mundo necesitan algo más de brío, un chute de (lo digo con todas las cautelas) periodismo.