Igual soy un cursi, pero creo que no me he encontrado tan cerca de un ataque de síndrome de Stendhal –ya saben, vértigos y desazón por la contemplación acumulada de cosas bellas– como paseando entre las obras presentadas en la exposición “La Vanguardia Aplicada (1890-1950)”.

Explico el vértigo: una desmesura de setecientas obras producidas en la primera mitad del siglo XX. En la exposición hay libros y revistas, carteles y postales, bocetos y originales… En formatos enormes y en obritas minúsculas emparentadas con todos los movimientos artísticos que compitieron por revolucionar el arte y el diseño en aquellos sesenta años: Arts and Crafts, Secession, Dadá, Futurismo, Vorticismo, Constructivismo, Bauhaus…

Estas vanguardias, alejadas de un ideal de “arte puro”, trabajaron para aplicar sus ideas a cualquier aspecto de la vida. Todo lo impreso podía ser diseñado, y todo lo diseñado podía hacerse atendiendo a un ideal estético. Y todo ideal estético tenía detrás un afán transformador.

Así, esta exposición es una orgía de letras, gráficos y dibujos repleta de firmas famosas. En el catálogo se suceden los nombres de Charles Mackintosh, Aleksandr Ródchenko, El Lissistzky, Tristan Tzara, Wyndham Lewis, Fortunato Depero, Marinetti, Kurt Schwitters, Van Doesburg, Gerd Arntz… Un santoral del diseño gráfico del siglo XX.

La verdad: resulta un gozo pelín fetichista asomarse a las versiones reales, en papel añejo, de algunas de las obras capitales de la historia del arte que uno sólo ha conocido por bibliografía, o en jpgs interneteros.

Aquí van algunas de las obras, para abrir boca. Todas pertenecen a las colecciones del estadounidense Merrill C. Berman y la del santanderino José María Lafuente.

[Llego tarde a esta exposición. En mi línea. Pero no se la pierdan: estará en la Fundación Juan March de Madrid hasta el 1 de julio.]