
Lanzar una revista ahora que la inversión publicitaria vive horas francamente bajas (aunque anunciando el rebote) es, supongo, una acción de calculada valentía. Lanzarla para competir en el sector de la moda y belleza femeninas, un mundo de glamour totalmente saturado de publicaciones, añade arrojo al asunto. Presentar una portada prácticamente desnuda de titulares, más un cartel y un discurso que un escaparate de temas, entra en el terreno de la osadía. Salir al quiosco sin encomendarse a promociones tipo bolsos, chanclas o gafas de sol, es definitivamente un acto de arrebatada temeridad.
Todo eso, y también una declaración de fe en el mundo de las revistas, es el lanzamiento de la edición española de Harper’s Bazaar, que llegó la semana pasada al quiosco de la mano de Spainmedia.
Harper’s Bazaar, como Vogue, encarna la esencia más tradicional de las revistas de moda. Tiene 140 años de historia, y por sus páginas han pasado todas las corrientes artísticas del siglo XX, todas las tendencias de moda, y algunos de los mayores talentos del diseño y la fotografía, Alexey Brodovich y Richard Avedon incluídos. Es una herencia llena de responsabilidad.
Llega a España con el objetivo de ser, he leído por ahí, “la cúspide de la pirámide social femenina”. Aspira, parece, a una difusión limitada pero de calidad, y a quedarse con el trozo más lujoso de la inversión publicitaria. Algo parecido a lo que Esquire, otra marca de la casa, lleva haciendo desde hace un par de años.
Total, allá que van más de 300 páginas llenas de sofisticación, buena fotografía y trapos caros. El diseño, eso sí, es el adecuado a estos menesteres: impecable, sólido, pero nada original. Para transgredir ya hay otras publicaciones. Hojear estas revistas de moda y empacharse de tipografía Didot es todo uno.
Comprénsela. Disfruten de un buen producto editorial. Y que haya suerte.



Y de propina, cuatro portadas clásicas del Bazaar de toda la vida…

