La prensa escrita atraviesa una época de crisis y nervios, lo mismo temible que apasionante. Puede que tinta y papel estén sentenciados a largo plazo. Pero todavía les queda mucho recorrido. Unos años de recorrido, claro, que engullirán centenares de cabeceras.
Qué hacer para sobrevivir…
Hace tiempo que tocaron a rebato. Uno tras otro, grandes y pequeños medios de comunicación prueban y lanzan fórmulas de supervivencia, apuestas de diseño y contenido que aminoren (o reviertan) la disminución y el desdén de sus compradores.
El principal patrimonio de un medio es su cabecera, su prestigio. En principio, que el contenido periodístico y publicitario llegue a los lectores a través del quiosco o a través de una pantalla debería ser lo mismo. Pero en estos años de transición, salvo excepciones, el modelo económico internetero es insostenible sin el respaldo de las publicaciones en papel. Aparte de que todavía resulta discutible que una cabecera web tenga la misma auctoritas que su hermana en soporte físico.
Así que las publicaciones impresas tienen que sobrevivir. Al menos de momento.
Como decía, los medios aprestan sus armas para salir a la calle en un mercado menguante, y para competir por un nuevo tipo de lector. Un “aprestan sus armas” que quiero traducir por “producen el mejor contenido posible”. Y también por “se estrujan el cerebro para descubrir nuevas fórmulas con las que presentar ese contenido”.
Si bien muchas publicaciones se arriesgan buscando nuevas estrategias de supervivencia, otras deciden apostar por lo seguro, y cambiar lo menos posible. The Guardian, The Independent, The Economist, Liberation, Público, The Times, The Virginian Pilot, The Rocky Mountain News… son ejemplos de innovación en diferentes grados. El País, La Vanguardia, y sus recientes rediseños, son ejemplos de seguir-haciendo-lo -que-sé-hacer-y-paso-de-cambios.
Y esta actitud conservadora, esta falta de visión, esta carencia de ideas realmente innovadoras… me frustran muchísimo. Porque espero, con cierta ingenuidad, que sean los grandes medios los que tengan la vocación, la necesidad de abrir caminos. Entiendo que en semejante momento cualquier paso, en cualquier dirección, es un paso comprometido. Pero me pide el cuerpo una dosis, siquiera mínima, de riesgo, de épica.
Y no se trata de cambiar todo, pero sí de aportar novedades sustanciales. Mejor moverse que estarse quieto, en definitiva. Sobre todo porque se está probando que la opción del cambiar-sin-cambiar está asociada a diseños ramplones. Decía Javier Moreno, director de El País, en el (publi)reportaje sobre el rediseño elaborado por los servicios informativos de Cuatro, que “el riesgo mayor es no hacer nada”. Puede. Pero el riesgo más triste es hacer demasiado poco.
Cada cabecera que no acierte a crear una estrategia de supervivencia, desaparecerá. Y se podrá decir aquello de “Fuese, y no hubo nada”.