Madrid es más bonito cuando vuelves de sitios lejanos.
O sea, no es que Madrid sea la ciudad más lustrosa del mundo: es ruidosa y acelerada, tiene humo, se ven demasiadas desnudas paredes medianeras, los aires acondicionados asoman desde las azoteas, y hay en sus calles como una competición entre los edificios por convertirse en símbolo de la ciudad, aunque ninguno da la talla completamente.
Pero cuando Madrid es una ciudad de regreso, y la recorres con memoria y con ganas de comparar, te das cuenta de que tiene monumentos que justificarían por sí solos un paseo, una luz que deslumbra, plazas feas con encanto infinito, un bullicio y una vida con la que otras sólo sueñan.
En resumen: que volví, y el martes me recorrí Madrid con ojos de turista, por aquello de continuar el rollo vacacional. Y no está nada mal.










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